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Ocultismo Lectura: 8 min

El Arbatel: los siete demonios olímpicos y los cuarenta y nueve aforismos de la magia

Impreso en Basilea en 1575, el Arbatel de magia veterum es uno de los libros más singulares del Renacimiento: cuarenta y nueve aforismos divididos en siete septenarios donde aparecen por primera vez los siete demonios olímpicos —Aratron, Bethor, Phaleg, Och, Hagith, Ophiel y Phul—.

Arbatel Grimorios Ocultismo

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En 1575 salió de las prensas de Basilea un pequeño volumen en latín, sin nombre de autor, titulado Arbatel de magia veterum: el estudio supremo de la sabiduría. A diferencia de los grimorios salomónicos llenos de cuchillos, círculos de nueve pies y amenazas, el Arbatel estaba escrito en cuarenta y nueve aforismos sobrios, divididos en siete grupos de siete, y presentaba una jerarquía que no venía de Weyer ni del Heptamerón: los siete demonios olímpicos que gobiernan las provincias del firmamento. Este artículo explica qué es el libro, quiénes son esos siete gobernadores, cómo se los llama según el texto y qué lugar ocupa el Arbatel en el sendero oscuro.

Qué es el Arbatel y cómo se publicó en 1575

El libro apareció en Basilea en 1575 en el taller del impresor italiano Pietro Perna, el mismo que había editado textos de Paracelso y del círculo hermético suizo y francés en el que se movían Theodor Zwinger y Jacques Gohory. El título mismo, Arbatel, combina la raíz hebrea del número cuatro con El —Dios—, en alusión al Tetragrámaton. La obra anunciaba nueve tomos dedicados a las instituciones mágicas de distintos pueblos, pero solo se imprimió el primero, llamado Isagoge o introducción fundamental, compuesto por cuarenta y nueve aforismos repartidos en siete septenarios.

Su impacto fue inmediato. John Dee lo citó en sus diarios angélicos pocos años después de salir de imprenta; el jesuita Martín del Río lo condenó en sus Disquisitiones magicae; Robert Turner lo tradujo al inglés en 1655 en el mismo volumen en que publicó el falso Cuarto Libro de Agrippa y el Heptamerón; y Andreas Luppius lo editó en alemán en 1686. A través de Turner y de los manuscritos ingleses como el Sloane 3851, sus sellos y sus aforismos pasaron a toda la magia ritual moderna.

Los siete demonios olímpicos y las provincias del mundo

El corazón operativo del Arbatel está en su tercer septenario, entre los aforismos quince y veintiuno. Allí explica que habitan en el firmamento y en los astros siete gobernadores del Olimpo, cuyos nombres en lengua olímpica son Aratron, Bethor, Phaleg, Och, Hagith, Ophiel y Phul. Se corresponden con los siete planetas clásicos y se reparten las ciento noventa y seis provincias del universo en múltiplos descendentes de siete: Aratron gobierna cuarenta y nueve; Bethor, cuarenta y dos —aunque la edición de 1575 imprimió por errata treinta y dos y sumó ciento ochenta y seis—; Phaleg, treinta y cinco; Och, veintiocho; Hagith, veintiuna; Ophiel, catorce; y Phul, siete.

Además del espacio, gobiernan el tiempo. Cada demonio olímpico rige el mundo durante un ciclo de cuatrocientos noventa años: según el aforismo dieciséis, la administración de Bethor comenzó en el año sesenta antes de Cristo y duró hasta el 430; le siguió Phaleg hasta el 920; luego Och hasta el 1410; y desde entonces hasta el 1900 rigió Hagith, a quien sucedió Ophiel. Son, por tanto, potencias cósmicas de escala planetaria y secular, muy distintas de los demonios locales de otros manuales.

Qué enseña y qué otorga cada uno de los siete

El aforismo diecisiete detalla sus poderes y sus caracteres. Aratron, regente de Saturno, convierte cualquier cosa en piedra en un instante, transforma tesoros en carbón y carbones en tesoros, da demonios familiares, enseña alquimia, magia y física, concilia a los pigmeos o demonios de la tierra, hace invisible y da larga vida. Bethor, de Júpiter, acude pronto cuando se lo llama, eleva a grandes dignidades, arroja tesoros, concilia a los demonios del aire que responden con verdad y da medicinas admirables. Phaleg, de Marte, es llamado por paradoja príncipe de la paz y eleva a las mayores dignidades en el arte de la guerra.

Och, regente del Sol, da seiscientos años de salud firme, otorga sabiduría, enseña la medicina perfecta y convierte todas las cosas en oro purísimo y piedras preciosas. Hagith, de Venus, da hermosura y transforma en un instante el cobre en oro y el oro en cobre. Ophiel, de Mercurio, enseña todas las artes y permite convertir en un momento el azogue en piedra filosofal. Y Phul, señor de la Luna, transmuta todos los metales en plata en palabra y en obra, gobierna las cosas lunares y cura la hidropesía.

Un grimorio sin amenazas: la regla de los aforismos

Lo que separa al Arbatel del Lemegeton o del Gran Grimorio es su método. No hay maldiciones de cadenas y azufre ni triángulos de constricción: el aforismo veintiuno indica que para llamar a un gobernador olímpico basta operar el día y en la primera hora del planeta que le corresponde, al salir el sol, mirando hacia el oriente, pronunciando una oración breve en la que se pide que sea enviado por su nombre y su oficio y mostrando el carácter que él mismo ha dado o confirmado.

Al mismo tiempo, los dos primeros septenarios imponen al operador una ética severa: vivir para sí mismo y para las Musas, huir de la amistad de la multitud, ser avaro del tiempo, guardar el secreto, no procrastinar y aprender mucho pero no muchas cosas —multum discas, non multa—. El libro divide además las ciencias entre la sabiduría espiritual y la cacomagia o perversión supersticiosa, y nombra en su cosmología a los demonios rebeldes, a los ministros del infierno y a los demonios elementales que habitan la tierra, el agua, el aire y el fuego.

Cómo se lee hoy el Arbatel en el sendero oscuro

Aunque el lenguaje del Arbatel sea el del humanismo cristiano y paracelsista del siglo XVI, un practicante del sendero oscuro encuentra en sus páginas dos herramientas de primer orden. La primera es la sobriedad del rito: demostrar que la eficacia de una operación no depende del teatro ni de gritar conjuros interminables, sino de la hora exacta, el signo trazado, el silencio y la claridad de propósito. La segunda son las máximas de vida del operador: ser avaro del tiempo, huir del ruido de la multitud y profundizar en una sola obra en vez de picotear en cien.

Esa regla —aprender mucho, no muchas cosas— es también la ley del trabajo interno. Antes de dispersarse entre las ciento noventa y seis provincias del firmamento o los setenta y dos sellos de la Goetia, el practicante tiene que conocer y gobernar su propia provincia: el demonio interior, con su nombre, su sigilo y su enn. La La Guía Definitiva del Demonio Interior — Edición Grimorio Completa enseña a construir ese centro con la misma economía y firmeza que exigen los aforismos antiguos.

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