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Ocultismo Lectura: 7 min

El Diccionario infernal de Collin de Plancy: el libro que dio rostro a los demonios

El Diccionario infernal de Jacques Collin de Plancy, publicado en 1818 y reescrito hasta 1863, es el libro que dio a los demonios el rostro que hoy reconocemos, gracias a los grabados de Louis Le Breton. Qué es, quién lo escribió, de dónde sacó sus datos y cómo leerlo.

Dictionnaire Infernal Collin de Plancy Grimorios

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Si alguna vez has visto a Bael con cuerpo de araña y tres cabezas, o a Behemoth con cabeza de elefante y un vientre enorme, has visto el Diccionario infernal. Jacques Collin de Plancy lo publicó en 1818 y lo reescribió durante casi medio siglo, hasta la edición de 1863, ilustrada por Louis Le Breton, que fijó para siempre el rostro de muchos demonios. Este artículo explica qué es, cómo cambió su autor —de lector de Voltaire a apologista católico—, de dónde sacó sus datos y cómo se lee sin tomarlo por un grimorio.

Qué es el Diccionario infernal

Es una enciclopedia de lo sobrenatural ordenada alfabéticamente. La portada de la edición de 1826 la presenta como una biblioteca universal sobre los seres, personajes, libros, hechos y causas que tienen que ver con las manifestaciones y la magia del comercio con el infierno: adivinaciones, ciencias ocultas, grimorios, prodigios, errores, prejuicios, tradiciones, cuentos y supersticiones de todo tipo. Demonios, brujos, aparecidos, objetos y prácticas conviven en sus entradas.

Su autor, Jacques Collin de Plancy, lo publicó por primera vez en 1818 y lo fue rehaciendo en sucesivas ediciones —1825, 1844, 1845, 1853 y 1863—, con cambios profundos entre una y otra. La sexta, de 1863, es la que se cita casi siempre: la más extensa, la más católica y la que trae los sesenta y nueve grabados de Louis Le Breton.

De Voltaire a la Iglesia: las dos vidas del autor

Collin de Plancy empezó como un escéptico influido por Voltaire. En las primeras ediciones se burla de los catálogos del infierno: solo Dios puede conocer los castigos de los culpables y el lugar que los guarda, escribe; todo lo catalogado antes es fruto de una imaginación más o menos desordenada, y los teólogos deberían dejar a los poetas la pintura del infierno en lugar de asustar a las almas con libros espantosos.

Con los años, el escepticismo cedió. Se convirtió en un católico entusiasta, para desconcierto de sus antiguos admiradores, y reescribió su obra para ajustarla a la teología de la Iglesia; colaboró además con el abate Migne en un diccionario de ciencias ocultas para su enciclopedia teológica. La edición de 1863 ya no se ríe de los demonios: quiere afirmar su existencia. El mismo libro cambió de bando sin cambiar de título.

Los grabados de Le Breton: el rostro de los demonios

Lo que hizo inmortal al Diccionario no fue su texto, sino sus imágenes. Para la edición de 1863, Louis Le Breton dibujó sesenta y nueve demonios, y muchas de esas láminas pasaron después a la edición de la Goetia de Mathers, de donde saltaron a todo el ocultismo moderno. Bael con su cuerpo de araña y sus tres cabezas de sapo, hombre y gato; Behemoth con cabeza de elefante y vientre redondo; Eligos, bajo el nombre de Abigor, como un caballero con lanza y estandarte: son retratos de Le Breton, no de los grimorios.

Eso tiene una consecuencia que conviene saber. Cuando la Goetia dice solo que un demonio aparece con varias cabezas o como un monstruo, la imagen que el lector tiene en la mente casi siempre es la de Le Breton, que tuvo que decidir lo que el texto dejaba abierto. El grabador del siglo XIX es, en buena medida, el autor de la cara de los demonios.

De dónde sacó sus datos

Para los demonios de la tradición salomónica, la fuente principal es Johann Weyer: casi todas esas entradas terminan con la misma nota, “Wierus, in Pseudomonarchia daemonum”, y su artículo sobre la monarquía infernal resume la jerarquía de Weyer. Pero Collin de Plancy añade de su cosecha y de otras fuentes: hace de Murmur un demonio de la música montado en un buitre, llama a Berith el demonio de los alquimistas y atribuye a Caym la famosa disputa nocturna de Lutero con el diablo.

El Diccionario va además mucho más allá de Europa y de los grimorios. Recoge figuras de otras tradiciones, como Guayota, el demonio de los guanches de Tenerife, o Torngarsuk, de los inuit, junto a brujos célebres, procesos de brujería, libros de magia y supersticiones de toda clase. Es una enciclopedia de su tiempo, con los gustos y los prejuicios de su tiempo.

Qué no es y cómo se lee desde el sendero oscuro

No es un grimorio: no enseña a llamar a nadie, describe. No es una fuente antigua: es un libro del siglo XIX que resume, mezcla y a veces inventa. No es neutral: su autor pasó de burlarse a predicar, y el texto lleva las huellas de los dos. Y sus imágenes no son las de la Goetia: son la interpretación de un grabador, por magnífica que sea.

Leído con criterio, es un testigo valioso: muestra cómo se veía a los demonios en el siglo XIX y de dónde salen muchos rasgos que hoy se repiten sin saber su origen. Para el sendero oscuro deja una lección sobre el poder de una imagen: quien fija el rostro de una fuerza la gobierna en la imaginación de los demás. Por eso el demonio interior necesita su propio rostro, su propio sigilo y su propio nombre, no uno prestado de un grabado.

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