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Demonología Lectura: 7 min

Belfegor: el príncipe de la pereza y de los inventos, de Baal-Peor a Maquiavelo

Belfegor nació como Baal-Peor, el dios de Moab que tentó a Israel; la demonología lo hizo príncipe de la pereza y demonio de los inventos que prometen riqueza sin esfuerzo, y Maquiavelo lo mandó a la tierra a casarse. Quién es y qué enseña.

Belfegor Pecados capitales Demonología

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Belfegor es uno de los siete príncipes del infierno asociados a los pecados capitales: el de la pereza. Pero su historia es más rara que su pecado. Nació como un dios de Moab, el Baal de Peor que tentó a Israel en el desierto; los demonólogos lo hicieron príncipe de la pereza, Collin de Plancy lo volvió demonio de los descubrimientos y de los inventos que dan riquezas, y Maquiavelo lo mandó a la tierra a probar el matrimonio. Este artículo explica quién es Belfegor, cómo se formó su figura, qué no es y qué enseña en el sendero oscuro.

De Baal-Peor a demonio

El nombre viene de Baal-Peor, el señor de Peor, un baal adorado en un lugar alto de Moab. El libro de los Números cuenta que, estando en Sitim, el pueblo se unió a las hijas de Moab, que lo invitaron a los sacrificios de sus dioses, y que así acudió Israel a Baal-Peor y se encendió contra él la ira de Dios. La tradición posterior lo asoció a la intemperancia y a los excesos.

Collin de Plancy recoge en su Diccionario infernal las versiones más grotescas de los antiguos comentaristas: que los moabitas lo adoraban en el monte Fegor, que según algunos rabinos se le rendía homenaje sobre la silla perforada ofreciéndole el residuo de la digestión, y que Weyer observa que es un demonio que siempre tiene la boca abierta. El grabado de Louis Le Breton para la edición de 1863 lo sentó, precisamente, en esa silla.

El príncipe de la pereza

En 1589, Peter Binsfeld, obispo auxiliar de Tréveris y cazador de brujas, repartió los siete pecados capitales entre siete príncipes del infierno, y a Belfegor le tocó la pereza: tienta, escribió, a través de la desidia. Desde entonces es el demonio de la pereza en la tradición cristiana, aunque no todos estuvieron de acuerdo: el autor anónimo de un tratado lolardo inglés, la Linterna de luz, lo había hecho demonio de la gula.

La pereza de Belfegor no es la del que duerme, sino la del que quiere el fruto sin el trabajo. Por eso su otro rasgo encaja tan bien: en las historias en que se le invoca concede riqueza, el poder de hacer descubrimientos y la capacidad de crear inventos asombrosos, y su papel es sembrar discordia y llevar al mal a través del reparto de la riqueza. Collin de Plancy lo llama demonio de los descubrimientos y de las invenciones ingeniosas, que a menudo toma cuerpo de mujer joven y da riquezas.

Embajador en Francia y novio en Florencia

Collin de Plancy le añadió un cargo diplomático: Belfegor sería el embajador del infierno en Francia, una idea que Victor Hugo repitió en Los trabajadores del mar. La Clavícula de Salomón lo menciona al final como un ídolo sirio ya destruido, y Milton lo puso en El paraíso perdido con su nombre antiguo, Peor, el que tentó a Israel en Sitim.

La versión más famosa es literaria. Maquiavelo escribió el cuento Belfagor archidiablo, publicado en 1549, en el que el demonio sube a la tierra para comprobar si es cierto que las esposas llevan a los hombres a la condena, se casa y termina prefiriendo volver al infierno. La Fontaine lo convirtió en verso y Ottorino Respighi en ópera, estrenada en La Scala en 1923.

Qué no es Belfegor

No es un demonio de la Goetia ni tiene sello en el Lemegeton: su linaje es bíblico y de los demonólogos cristianos. No es simplemente un demonio vago: su pereza es la del atajo, la riqueza sin esfuerzo y el invento que promete hacerlo todo por uno. Y no es un personaje fijo: entre el baal de Moab, el príncipe de Binsfeld, el inventor de Collin de Plancy y el novio de Maquiavelo hay cuatro figuras distintas con un mismo nombre.

Tampoco hay que tomar como dogma los detalles que circulan sin fuente clara, como el mes del año en que su poder sería mayor o el santo que sería su enemigo. Lo documentado es lo dicho aquí: Números, Binsfeld, Collin de Plancy y Maquiavelo. La demonolatría moderna lo honra con su propio enn, que Connolly recoge: “Lyan ramec catya ganen Belphegor”.

Cómo se lee Belfegor en el sendero oscuro

Belfegor es la fuerza del atajo. Promete la riqueza sin el trabajo, el invento que libera del esfuerzo, el descubrimiento que llega sin búsqueda, y su trampa es exactamente esa: el que se acostumbra a recibir sin hacer termina sin fuerza propia. Leído desde el sendero, la pereza de Belfegor no es descanso, es la renuncia a la voluntad disfrazada de ingenio.

Pero tiene un filo que se puede usar. El ingenio que ahorra esfuerzo es también la inteligencia que encuentra el camino corto que nadie vio, y el practicante puede tomar de Belfegor la capacidad de inventar sin dejar que el invento lo sustituya. El demonio interior se levanta con trabajo —nombre, sigilo, enn, práctica diaria— y no hay invento que lo haga por uno: esa es la lección que Belfegor enseña a quien no se deja comprar por él.

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BELFEGOR: El príncipe de la pereza y los inventos

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