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Demonología Lectura: 7 min

El Iwia: el gigante caníbal de los shuar que Etsa venció

El Iwia es el gigante caníbal de la mitología shuar: atrapaba a los hombres, los guardaba en su bolsa y se los comía, hasta que Etsa, el Sol, al que había criado como hijo, descubrió la verdad. Quién es, qué cuentan sus mitos y qué enseña.

Iwia Shuar Demonología

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En la Amazonía del suroriente de Ecuador y del norte de Perú, los pueblos de lengua jíbara —shuar, achuar, awajún, wampis— cuentan historias de los Iwia: gigantes que cazaban hombres, los metían en una enorme bolsa y se los comían. El más famoso de sus mitos es también uno de los más crueles: el Iwia devora a los padres del pequeño Etsa, el futuro Sol, y lo cría como si fuera su hijo para que cace para él. Este artículo explica quién es el Iwia, qué cuentan sus mitos, qué no es y qué enseña en el sendero oscuro el devorador que se hace pasar por padre.

Quién es el Iwia

El Iwia —Iwa entre los awajún— es en los mitos jíbaros un gigante antropófago. En algunas versiones es un solo ser; en otras, los Iwia son una raza de gigantes que asolaban la selva. Lo que nunca falta es su bolsa: la gran shigra o wámpach que llevaba en bandolera, en la que metía a los shuar que atrapaba para comérselos después, uno a uno.

Sus historias las recogieron por escrito los misioneros y etnógrafos que trabajaron entre los shuar en el siglo XX, sobre todo el salesiano Siro Pellizzaro, que reunió la mitología shuar en varios volúmenes. En esas versiones el Iwia no es un diablo cristiano, aunque en español se le llame demonio: es el devorador primordial, el que hace del hombre su presa.

Etsa y el Iwia: el Sol que devolvió las aves

El Iwia atrapó y se comió a los padres de Etsa, y se llevó al pequeño haciéndole creer que era su padre. Cuando el muchacho creció, salía cada amanecer a cazar para él y volvía con la shigra llena de pájaros de todos los colores, que el Iwia pedía como postre. Hasta que una mañana la selva amaneció en silencio: ya no quedaban pájaros. Solo una paloma, posada en una rama, a la que Etsa no se atrevió a matar.

La paloma le contó la verdad: el Iwia no era su padre, sino el que había devorado a sus padres. Etsa lloró de rabia y de dolor, y la paloma le enseñó a reparar el daño: reunió las plumas de las aves que había cazado, las metió en su cerbatana y sopló. De la cerbatana salieron miles de pájaros que volvieron a llenar la selva. Desde entonces, dice el mito, Etsa, el Sol, y el Iwia son enemigos mortales.

Las trampas del Iwia

Otros mitos lo muestran como cazador astuto. En uno que recogió Pellizzaro, el goloso Iwia sembraba una hierba cortante, el kúrichip, para que los shuar se enredaran en ella; los que lograban salir morían desangrados por los cortes. La hormiga Patach’ lo vio ir hacia su trampa y se burló de él: tu bolsa vacía no puede ser la bolsa de un cazador. Y era verdad: la gran bolsa que llevaba en bandolera iba vacía.

El antropólogo Jaime Regan ha comparado estas historias con la iconografía de los mochicas de la costa norte del Perú, que pintaban escenas de caza con red y bolsas ceremoniales, y el estudioso José María Guallart llegó a proponer que los Iwa de los mitos awajún eran un recuerdo de los propios mochicas, vecinos poderosos de los jíbaros en tiempos antiguos. Son hipótesis, no certezas, pero recuerdan que muchos monstruos guardan la memoria de otros pueblos.

Qué no es el Iwia

No es el diablo de la Biblia ni un demonio de la Goetia: la palabra demonio es una traducción cómoda para un ser que pertenece a otra cosmología. No es un demonio que posea ni que tiente: en los mitos recogidos su hambre es literal, y lo que atrapa con la bolsa y la trampa son cuerpos. Y no es un monstruo sin sentido: su enemistad con Etsa, el Sol que cuida la vida de la selva, es parte del orden del mundo que cuentan los shuar.

Tampoco conviene mezclarlo con otros seres del monte amazónico con los que comparte la selva y el miedo. El Iwia tiene su propio ciclo de mitos, con nombre, bolsa, trampas y enemigo, y es en esos relatos donde hay que buscarlo.

Cómo se lee el Iwia en el sendero oscuro

El Iwia es el devorador que se hace pasar por padre. Su crueldad más honda no es comerse a los padres de Etsa, sino criar al hijo para que cace para él, de modo que el muchacho vacía la selva creyendo que sirve a los suyos. Leído desde el sendero, es la imagen de toda fuerza que te alimenta para alimentarse de ti: la costumbre, el amo o la creencia que te hace trabajar para tu propio devorador mientras la llamas familia.

Y el mito enseña la salida. Primero, una verdad que llega por una voz pequeña —la paloma— cuando ya no queda nada que cazar. Después, el dolor de reconocerla. Y al final, el soplo: Etsa devuelve la vida con el mismo instrumento con que la quitaba. El trabajo con el demonio interior sigue ese orden: distinguir la fuerza propia de la que te devora, romper el engaño y poner tu aliento al servicio de lo que es tuyo.

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