Murmur: el duque de la Goetia que obliga a hablar a los muertos
Murmur es el quincuagésimo cuarto demonio de la Goetia: duque y conde que aparece como un guerrero sobre un grifo, precedido de trompetas, enseña la filosofía a la perfección y obliga a las almas de los muertos a responder. Quién es y qué enseña.
Murmur —Murmus o Murmux en algunos manuscritos— es el quincuagésimo cuarto demonio de la Ars Goetia, gran duque y conde. Aparece como un guerrero montado en un grifo, con corona ducal, y delante de él marchan dos de sus ministros tocando grandes trompetas. Sus oficios son dos y parecen de mundos distintos: enseña la filosofía a la perfección y obliga a las almas de los difuntos a presentarse ante el exorcista para responder lo que se les pregunte. Este artículo lo ubica en el grimorio y explica qué enseña el duque que hace hablar a los muertos.
Quién es Murmur en la Goetia
El Lemegeton lo nombra gran duque y conde, y lo describe como un soldado montado en un grifo con una corona de duque en la cabeza; delante de él van dos de sus ministros con grandes trompetas sonando. Su oficio es enseñar la filosofía perfectamente y obligar a las almas de los difuntos a comparecer ante el exorcista para responder a lo que les pregunte, si así lo desea. Fue en parte del orden de los Tronos y en parte del de los Ángeles, y gobierna treinta legiones.
Weyer lo había recogido antes, en el puesto cuarenta de su Pseudomonarchia, y algunos manuscritos del Lemegeton lo llaman Murmus o Murmux. Su doble rango marca el metal: como duque, cobre; como conde, cobre y plata mezclados. Los duques se tratan del amanecer al mediodía con tiempo despejado; los condes, a cualquier hora del día, en bosques o lugares apartados y sin ruido. Grifo, corona, trompetas y treinta legiones: un retrato de majestad en marcha.
Las trompetas, el grifo y el murmullo
Murmur llega anunciado. Como Paimon, Beleth y Purson, entra precedido de música: delante de él marchan sus ministros con trompetas, que es la entrada de un señor que no aparece en silencio sino con el estruendo de quien convoca. Collin de Plancy, en su Diccionario infernal, fue más lejos: lo llama demonio de la música, lo monta sobre un buitre en lugar de un grifo, lo rodea de una multitud de trompetas y dice que marcha precedido del ruido de los clarines.
El nombre añade su propio sonido. Coincide con la palabra latina murmur, el rumor sordo, el murmullo del agua o de la multitud, y aunque ningún grimorio explica de dónde sale, la coincidencia es elocuente: el demonio que enseña filosofía y llama a los muertos se llama como el sonido de lo que se dice en voz baja. Por fuera, la majestad de las trompetas; por dentro, el murmullo de las voces de ultratumba.
Qué no es Murmur
No es un demonio de la música en la Goetia: ese título se lo da Collin de Plancy en el siglo XIX, y el Lemegeton reserva la música como oficio a Amdusias, que hace oír trompetas e instrumentos sin que se vean. No es un nigromante de feria que levante cadáveres: lo que hace comparecer son almas, para que respondan, no cuerpos. Y no es un demonio solo de los muertos: su primer oficio es la filosofía, y el texto lo pone por delante.
Tampoco hay que confundirlo con los demonios que tratan con los muertos sin hacerlos hablar: Samigina da cuenta de las almas de los que murieron en pecado; Bifrons mueve los cadáveres de lugar y enciende luces sobre las tumbas. Murmur es, entre los setenta y dos, el que con más claridad obliga a las almas a comparecer para responder. Su lugar natural es el de la nigromancia clásica: preguntar a los muertos lo que los vivos no saben.
Cómo se lee su fuerza en el sendero oscuro
Murmur une dos cosas que la mente moderna separa: el pensamiento y los muertos. Enseñar filosofía es enseñar a preguntar; hacer comparecer a los difuntos es obtener respuesta de lo que ya no está. Leído desde el sendero, es la fuerza que convierte la herencia en conocimiento: la voz de los que vinieron antes, de los ancestros y de las tradiciones muertas, obligada a responder ante una pregunta bien hecha.
Y es la fuerza de la autoridad que se anuncia. Las trompetas que lo preceden recuerdan que hay presencias que no entran por la puerta de atrás: llegan con estruendo y exigen ser recibidas con forma. Trabajar con Murmur pide dos cosas a la vez, la humildad del que pregunta y la firmeza del que obliga a responder. Sin la primera, la pregunta es soberbia; sin la segunda, los muertos no contestan.
Cómo se le trata en el rito y su lugar frente al demonio interior
Se le trata según el rango que se invoque: como duque, sello en cobre en hora de mañana con cielo despejado; como conde, sello en cobre y plata, en lugar apartado y sin ruido. Vela, ofrenda y una pregunta escrita en una línea: qué se quiere entender, o a qué voz del pasado se quiere preguntar y por qué. El goeta lo conjura con el protocolo completo y no pregunta nada hasta que la presencia se ha asentado; el demonólatra lo recibe con respeto y le pide la enseñanza antes que la voz de los muertos. El cierre es obligado y doble: se despide a Murmur y se despide a cualquier alma que haya comparecido.
Con el demonio interior, Murmur enseña a preguntar bien antes de pedir respuestas: el daemon propio no responde a la curiosidad, responde a la pregunta que se sostiene. Y enseña que la voz de los muertos —la de los ancestros, la de lo que uno fue y ya no es— se escucha mejor cuando hay una presencia propia que la reciba. La La Guía Definitiva del Demonio Interior — Edición Grimorio Completa ordena ese trabajo: nombre, sigilo, enn y umbral antes de cualquier pregunta al otro lado.
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