Pazuzu: el rey de los demonios del viento, de Asiria a El Exorcista
Pazuzu fue un demonio asirio y babilonio del viento del suroeste y la peste, rey de los demonios lilû, y también el protector más usado contra Lamashtu. El cine lo volvió el demonio de la posesión. Quién es, cómo se le representaba y qué enseña.
Pazuzu es uno de los pocos demonios antiguos cuyo rostro reconoce cualquiera, y casi siempre por la razón equivocada. Para asirios y babilonios era el rey de los demonios del viento, el que traía del suroeste la peste y el hambre; y al mismo tiempo era el protector más usado de la casa, el que colgaba del cuello de las embarazadas para ahuyentar a Lamashtu. Casi tres mil años después, El Exorcista lo volvió el demonio de la posesión por excelencia. Este artículo explica quién fue Pazuzu, cómo se le representaba, por qué un demonio protegía de otro y qué enseña en el sendero oscuro esa fuerza temible que guarda.
Quién era Pazuzu en Mesopotamia
Pazuzu es un demonio de la Mesopotamia del primer milenio antes de nuestra era, asirio y babilonio. Sus primeras imágenes aparecen en tumbas de Nimrud hacia el siglo VIII a. C., los primeros textos que lo nombran son del VII, y la mayoría de sus figuras datan de los siglos VII y VI; las últimas llegan a la época seléucida. Los textos lo hacen hijo de Hanbu y rey de los demonios lilû, las potencias malignas del viento, y lo asocian al viento del suroeste y a la peste.
Él mismo se presenta en los conjuros: “Soy Pazuzu, hijo de Hanbu, rey de los malignos demonios lilû; me alcé furioso contra las montañas poderosas y las escalé”. Otro texto lo hace hablar de un monte que temblaba y de los vientos que encontró allí rumbo al oeste: “uno a uno les rompí las alas”. Es la doble cara de toda su historia: el viento que destruye y el que quiebra las alas de los otros vientos. Otros conjuros lo llaman sin rodeos “agonía de la humanidad” y “enfermedad de la humanidad”, y le ordenan no entrar en la casa.
La figura: alas, garras y cola de escorpión
Su imagen se mantuvo casi idéntica durante siglos. Cuerpo de perro cubierto de escamas en lugar de pelo, garras de ave por pies, dos pares de alas, cola de escorpión y un falo con cabeza de serpiente; el rostro, inconfundible, con hocico de perro, ojos saltones, arrugas en las mejillas, orejas humanas y cuernos de gacela. Levanta la mano derecha y baja la izquierda. La estatuilla de bronce del Louvre, de quince centímetros, es la más famosa: la que medio mundo ha visto sin saber de dónde viene.
Las cuatro alas no son un adorno. Los estudiosos las relacionan con los antiguos genios alados de los cuatro vientos de los sellos babilónicos y leen en ellas el dominio sobre todas las direcciones: un demonio que no sopla de un solo lado. Su postura encorvada repite la del viento del oeste en esos sellos. Pazuzu es, en su forma misma, un viento hecho cuerpo.
El demonio que protegía: Pazuzu contra Lamashtu
Lo que más se fabricó de Pazuzu no fueron estatuas de culto sino amuletos. Se han hallado cabezas suyas en gran número, de terracota, bronce, hierro, oro, vidrio o hueso, con una argolla para colgarlas al cuello: las llevaban las mujeres embarazadas para proteger al niño que esperaban. Los textos rituales de Uruk prescriben un collar de bronce con su imagen contra el aborto provocado por Lamashtu, la demonia que robaba recién nacidos, y en una placa asiria se le ve persiguiéndola río abajo, lejos de la cama del enfermo.
Algunos investigadores creen que Pazuzu nació precisamente como contrapeso de Lamashtu. La lógica es mesopotámica y es oscura: lo temible se ahuyenta con lo más temible. En muchos colgantes la argolla está puesta para que la mirada del demonio apunte siempre hacia fuera, no hacia quien lo lleva sino hacia sus enemigos. Pazuzu no se volvía bueno por proteger: seguía siendo el viento de la peste, puesto de guardia en la puerta.
Cómo el cine lo volvió terror y qué no es Pazuzu
En 1971 William Peter Blatty publicó El exorcista, y en 1973 William Friedkin la llevó al cine: la película se abre con una excavación en el norte de Irak y una figura de Pazuzu, y la historia hace de él el demonio que posee a la niña Regan MacNeil. Desde entonces, para el público, Pazuzu es el demonio de la posesión, la cama que tiembla y la voz que no es de la niña. De protector de las madres a torturador de una hija: el cine invirtió su función.
Pazuzu no es un demonio de la Goetia ni tiene sello salomónico: es dos mil años anterior a cualquier grimorio europeo. No es Satanás ni un ángel caído: la religión mesopotámica no conocía esa caída. No es, en las fuentes antiguas, un demonio de posesión: trae viento, peste y hambre, y protege la casa. Y no es simplemente “bueno” porque protegiera: los mismos textos que lo invocan como guardián lo llaman enfermedad de la humanidad. Su verdad está en esa ambivalencia que el cine borró.
Cómo se lee Pazuzu en el sendero oscuro
Pazuzu es la fuerza temible que guarda. En él la tradición antigua dijo algo que la moral simple no soporta: que hay oscuridades que protegen precisamente porque son temibles, y que el guardián de la puerta no puede ser dulce. Quien trabaja con su figura no busca su viento de peste, busca su mirada hacia fuera: la presencia que asusta a lo que viene a dañar, la que rompe las alas de los otros vientos antes de que entren.
Con el demonio interior la lección es directa. El daemon propio no se levanta para ser amable, se levanta para ser soberano, y una de sus funciones es la de guardián del umbral: la fuerza que no deja pasar lo que no fue invitado. Como las cabezas de Pazuzu, mira hacia fuera; como su viento, no pide permiso. Quien teme a su propia oscuridad no entiende que es ella la que mejor vigila la puerta.
PAZUZU: El demonio protector que el cine volvió terror
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