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Demonología Lectura: 8 min

La posesión de Loudun: las ursulinas, Urbain Grandier y los demonios de 1634

En 1632 las ursulinas de Loudun dijeron estar poseídas, y en 1634 un sacerdote, Urbain Grandier, ardió acusado de enviarles los demonios, con un pacto firmado por Lucifer como prueba. Qué pasó, quiénes eran los demonios y qué enseña el caso.

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Entre 1632 y 1637, el convento de las ursulinas de Loudun, una pequeña ciudad del oeste de Francia, se convirtió en el escenario de la posesión más famosa del siglo XVII. Las monjas gritaban, se retorcían y hablaban con voces que decían ser de Asmodeo, Leviatán o Behemoth; un sacerdote, Urbain Grandier, fue acusado de habérselos enviado y ardió en la hoguera en 1634, con un pacto firmado por Lucifer como prueba. Este artículo cuenta qué pasó, quiénes eran los demonios de la priora, qué decía el pacto y por qué Loudun sigue siendo, casi cuatro siglos después, un espejo incómodo.

Loudun en 1632: peste, murallas y un convento

Loudun era una ciudad dividida. La corona de Luis XIII y el cardenal Richelieu querían derribar sus murallas para quitar fuerza a las plazas protestantes, y los hugonotes querían conservarlas. En mayo de 1632 llegó la peste y se llevó a muchos. En ese clima, el convento de las ursulinas, abierto en 1626, vivía encerrado: diecisiete monjas, con una edad media de veinticinco años, bajo la priora Jeanne des Anges, Juana de los Ángeles.

Unos cinco meses después del brote, cuando la peste ya cedía, una monja joven dijo haber visto a su confesor recién muerto, el padre Moussant, y pronto otras contaron visiones parecidas. El canónigo Jean Mignon, capellán del convento, empezó los exorcismos, y las monjas nombraron a Asmodeo como el demonio que las asediaba. El 11 de octubre de 1632 dieron el nombre del culpable: Urbain Grandier, un sacerdote al que ninguna de ellas conocía. En la ciudad, mucha gente lo llamó desde el principio una impostura.

Urbain Grandier: el acusado

Grandier era párroco de Saint-Pierre-du-Marché desde 1617 y canónigo de la Santa Cruz: apuesto, rico, culto y gran predicador, con fama de seductor y una larga lista de enemigos. Se decía que había tenido un hijo con la hija del procurador del rey, se oponía al derribo de las murallas y se le atribuían un escrito contra el celibato de los clérigos y una sátira contra Richelieu. Cuando el comisario Jean de Laubardemont fue a Loudun a derribar la torre de la ciudad, volvió a París con noticias del convento, y en noviembre de 1633 recibió el encargo de investigar.

El proceso fue una maquinaria. Un decreto del consejo de mayo de 1634 dio a Laubardemont plenos poderes y prohibió cualquier apelación; el obispo de Poitiers y el capuchino Tranquille exorcizaron a las monjas en público durante semanas, y en junio obligaron al propio Grandier a hacer de exorcista ante ellas. En agosto fue condenado por magia, maleficio y posesión, torturado con el borceguí y quemado vivo en la plaza de la Santa Cruz: le arrojaron agua bendita a la cara para que no se oyeran sus últimas palabras, y el exorcista Lactance encendió la hoguera antes de que el verdugo pudiera estrangularlo.

El pacto de Grandier

Entre las pruebas del proceso figuró un pacto con el diablo. Tras torturarlo, los jueces presentaron documentos que decían firmados por el sacerdote y por varios demonios: uno en latín a nombre de Grandier, y otro casi ilegible, escrito al revés y lleno de abreviaturas, con los sellos de Lucifer, Belcebú, Satanás, Astaroth, Leviatán y Elimi. Al pie, una firma más: Baalberith, escribano. El Berith de la Goetia, convertido en notario del infierno.

El texto promete lo que un acusador imaginaba que querría un cura libertino: el amor de las mujeres, la flor de las vírgenes, la honra de las monjas, honores, placeres y riquezas; a cambio, una ofrenda anual sellada con su sangre y el desprecio de los sacramentos, y al cabo de veinte años de vida feliz en la tierra, bajar con ellos a maldecir a Dios. Nunca se supo si Grandier escribió algo bajo coacción o si todo fue falsificado. Lo que sí se sabe es para qué sirvió: para quemarlo.

Los demonios de la priora

La hoguera no terminó con la posesión. En su autobiografía, Juana de los Ángeles cuenta que la habitaban siete demonios: Asmodeo, el jefe, que representaba la lujuria; Leviatán, el orgullo; Behemoth, la pereza; Isacaaron y Balam, también de la lujuria; Gresil y Amán. Los exorcismos siguieron en público, ante multitudes que venían a ver el espectáculo, y desde finales de 1634 los dirigió el jesuita Jean-Joseph Surin, que confiaba más en la dirección espiritual que en el rito.

Los demonios fueron saliendo uno a uno, y cada salida dejó una marca. Leviatán, en noviembre de 1635, una cruz de sangre en la frente que duró tres semanas; Balam, ese mismo mes, el nombre de José escrito en el dorso de la mano izquierda. Behemoth fue el último: resistió hasta el 15 de octubre de 1637, cuando en la mano de la priora aparecieron los nombres de Jesús y de Francisco de Sales. Al año siguiente, Juana peregrinó a la tumba del santo en Annecy y fue recibida por Richelieu y por Luis XIII.

Qué fue Loudun y cómo se lee desde el sendero oscuro

Ya en 1679 el filósofo John Locke lo despachó como una maquinación de Richelieu para destruir a Grandier, montada por los capuchinos con unas monjas que hicieron bien su papel. Otros han hablado de bromas de las internas que se salieron de control, de histeria colectiva o de teatro político; el historiador Michel de Certeau vio en la posesión la forma en que unas mujeres encerradas pudieron decir, con voz ajena, lo que no podían decir con la propia. Aldous Huxley le dedicó un ensayo célebre, Los demonios de Loudun, y Ken Russell lo llevó al cine en 1971.

Leído desde el sendero, Loudun enseña dos cosas. La primera: los nombres de los demonios se usaron como armas contra otro, y el pacto fue un documento fabricado para matar; quien acusa con lo oscuro suele estar hablando de sí. La segunda: la posesión es una voz prestada que ocupa a quien no tiene la propia. El trabajo con el demonio interior es lo contrario de Loudun: no ser hablado por fuerzas que otros nombran, sino levantar una presencia propia, con nombre, que nadie más pueda firmar por ti.

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LOUDUN: El convento poseído de 1634

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