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Demonología Lectura: 8 min

Supay: el señor del Ukhu Pacha antes y después del Diablo

Supay es el nombre que los Andes daban a la sombra de los muertos y a los demonios del mundo de abajo, y que los evangelizadores usaron para nombrar al diablo. Qué era antes de los españoles, cómo se volvió demonio, dónde sobrevive y qué enseña su codicia.

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Supay es uno de esos nombres que cambiaron de significado a la fuerza. En las lenguas andinas nombraba la sombra de los muertos y a los demonios del mundo de abajo, el Ukhu Pacha, sin que eso los volviera malvados; los evangelizadores lo tomaron para traducir “diablo”, y desde entonces Supay es el demonio de los Andes. Pero la figura antigua no desapareció: sigue viva en las minas, en la diablada y en la selva. Este artículo explica qué era Supay antes de los españoles, cómo se volvió diablo, dónde sobrevive y qué enseña en el sendero oscuro la sombra que espera a la codicia.

Qué era Supay antes del Diablo

La palabra se emparenta con supa, que los diccionarios quechuas traducen como sombra, y en origen nombraba al muerto que vaga por el mundo de los vivos: una presencia peligrosa, que puede querer llevarse compañía, pero que no encarnaba el mal. El vocabulario quechua de fray Domingo de Santo Tomás, de 1560, muestra que el término era neutro: distinguía al alli supay, el demonio bueno, del mana alli supay, el que no lo es. Supay era una clase de ser, no un enemigo de Dios.

Su lugar era el Ukhu Pacha, el mundo de abajo, que en la cosmología andina no es un infierno sino el interior de la tierra: el lugar de los muertos y de los antepasados, pero también de la fertilidad, de las semillas y de los metales. Por eso el señor de abajo es también el dueño de la riqueza que nace de la tierra, y por eso su trato exige respeto: lo que da, lo da desde la oscuridad, y lo que cobra, lo cobra en la misma moneda.

Cómo Supay se volvió el Diablo

Los evangelizadores necesitaban una palabra quechua para el diablo y eligieron esa. El propio Domingo de Santo Tomás explica en su vocabulario que Dios echó del cielo a los ángeles malos y los encerró bajo tierra, “y estos son los que en vuestra lengua llamays manaalliçupay”. Con esa equivalencia, los muertos y los antepasados que habitaban el mundo de abajo quedaron convertidos en demonios, y el Ukhu Pacha, en el infierno cristiano. Hubo clérigos, como Bartolomé Álvarez, que objetaron la equiparación, pero la equivalencia se impuso.

Los cronistas indígenas y mestizos la recogieron ya hecha. Guamán Poma de Ayala, en su Nueva corónica, usa Supay como diablo y anota una maldición de su tiempo: “Zupay apasunqui”, que el diablo te lleve. El Inca Garcilaso, en sus Comentarios reales de 1609, defendió que Pachacámac era el dios supremo y no un demonio, y dejó a Supay el papel contrario: al diablo, escribió, “no le llamaron sino Zupay”, y para nombrarlo escupían primero en señal de maldición. Al mundo de abajo lo llamó Zupaipa Huacin, la casa del demonio.

Dónde sobrevive Supay: la mina, la danza y la selva

En las minas de Bolivia, Supay es el dueño de lo subterráneo y de la riqueza de las vetas, y su frontera con el Tío de la mina es tan difusa que muchos lo llaman Tío Supay: se le ofrecen coca y alcohol y, en agosto, la sangre de una llama. En el Carnaval de Oruro baila en la diablada, con sus diablas, las china supay, frente al arcángel Miguel. La figura colonial del diablo nunca borró del todo a la antigua: la cubrió.

En la Amazonía ecuatoriana, entre los runa de lengua quichua, supai sigue nombrando a los demonios del bosque, sin el sentido de diablo. La antropóloga Francesca Mezzenzana describe cómo se los percibe por el olor y en los sueños, y cómo se les atribuye una vida casi humana: viven en cuevas, en cerros o dentro de grandes ceibas, en territorios de caza lejanos, y a veces se aparecen como extranjeros elegantes. Es el Supay que no llegó a ser demonio.

Qué no es Supay

No es el Satanás de la Biblia: la equivalencia es una traducción impuesta, no una identidad. No es un demonio de la Goetia ni de ningún grimorio europeo. No es el mal puro que castiga pecados: en su forma antigua es la sombra de los muertos y el señor de un mundo de abajo que también es fértil. Y no es exactamente el Tío de la mina, aunque compartan nombre y ofrendas: el Tío es la figura minera concreta; Supay, el nombre antiguo que la contiene.

Tampoco conviene fiarse de los relatos modernos que le inventan genealogías —hermano de tal dios, creado por tal otro— sin decir de dónde salen. Lo que está en las fuentes es lo dicho aquí: los vocabularios coloniales, Guamán Poma, Garcilaso y las etnografías de las minas y de la Amazonía. Lo demás, mientras no tenga fuente, es relleno.

Cómo se lee Supay en el sendero oscuro

Supay no persigue cuerpos: espera. Es la sombra que acompaña a quien baja a buscar lo que la tierra guarda, y su forma de cobrar es la codicia: quien entra en el mundo de abajo a llevarse más de lo que le corresponde, sin ofrenda ni respeto, abre él mismo la puerta. Leído desde el sendero, Supay es la ley de lo que se toma de la oscuridad: todo lo que sale de abajo tiene un precio, y el precio lo pone el que manda allí.

Y es el ejemplo más claro de una fuerza a la que se le cambió el nombre para poder condenarla. Antes de ser el Diablo era la sombra de los antepasados y el señor de la fertilidad oculta. El trabajo con el demonio interior pasa por algo parecido: recuperar el nombre propio de lo que nos enseñaron a llamar demonio y tratarlo con la forma y el respeto que exige lo que vive abajo. Quien se acerca a su propia sombra con codicia, en lugar de con voluntad, encuentra al Supay que espera.

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SUPAY: El demonio de los Andes y el Amazonas

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